Por: Renato Cisneros
Cuando estás en búsqueda de novia, cada noche de fin de semana es oportunidad ideal para hacer un casting. Un casting secreto, velado, no oficial. Todas las mujeres que se crucen contigo serán, sin saberlo, sometidas a un examen de aptitud, a una rigurosa prueba de talentos. Para eso no tienes que hacer mucho. Apenas ingresas a un bar, una discoteca o una reunión, tu organismo activa automáticamente sus radares camuflados y sus alarmas. Cada poro de tu cuerpo se convierte en un sensor susceptible de recoger información útil para tu evaluación. Las chicas entran, salen, se detienen, se sientan, chillan, ríen, bailan, se acercan, se alejan, y tú -convertido en un escaner humano- las examinas, las oyes, las hueles y buscas cualquier pretexto para provocar un breve contacto físico: un falso tropiezo, por ejemplo. No importa la duración del roce, cualquier percepción, por mínima que esta sea, servirá para discriminar y separar la paja del trigo.
Sin embargo, por más perceptivo que seas, observando no se consigue mucho. El momento estelar de estas ceremonias de apareamiento llega con la conversación, con el instante preciso en que eres capaz de iniciar (y sostener) un diálogo. Y si no eres un tipo lindo como Di Caprio, ni muy cool ni sofisticado como Jude Law, ni bailas como esa batidora portorriqueña que es Chayanne, la única vía de seducción que te queda (que nos queda, quiero decir) es la conversación. Y es ahí donde se ve a los auténticos cracks. Es ahí donde aparecen los grandes, las fieras, los maestros de maestros. Porque puedes ser feo y moverte sin gracia, pero si alcanzas a tirar un par de frases inteligentes y divertidas cada tanto, ganarás una impensada cantidad de puntos Bonus entre cualquier auditorio femenino. Hasta la más linda de todas se detendrá para escucharte y tú -como un Mario Bross resucitado- sentirás que has pasado el primer nivel del Mundo Uno. Go, Mario, go.
El lenguaje -no lo duden- es una pistola aceitada de grueso calibre y largo alcance. Por lo general, nunca falla, pero antes de disparar hay aprender a rastrillarla. Nadie nace siendo un conquistador o, como se dice ahora, un PUA (pick up artist: un maestro del levante). Nadie es Don Juan de Marco a los 12 años (salvo los príncipes británicos). El negocio, entonces, se aprende en la cancha. No hay más.
Como todos, yo también he sido un primerizo y para abordar a una chica he recurrido a las salidas más torpes y elementales, desplegando una serie de cuñas ridículas como: “A ti te he visto en algún lado pero no me acuerdo dónde”, o “Eres igualita a alguien que conozco, ¿de casualidad, no te llamas Lorena?”, o “Perdón, pero ¿no nos han presentado antes?”, o “¿Tú eres de la de U. no?” (con la variante “¿Tú no eres hermana de Alejo?”). Y hasta he soltado la infame y desesperada “¿Qué hora tienes?” (que, por cierto, termina siendo una pregunta semánticamente babosa, porque, si no estoy mal informado, todos tenemos la misma hora).
Hoy, a los 31 años, honestamente me da flojera abordar a alguien. Con el paso del tiempo, uno se aburre de las burocracias sociales, de esos convencionales trámites de iniciación. Y aunque sigo creyendo que la temporada de conquista es insuperable en términos de encanto y adrenalina, hace un lustro que dejé de comprar peluches, tarjetas, flores y globos de helio. A esta edad, uno quiere asuntos más sumarios y expeditivos. ‘Gilear’ o ‘computar’ (jotear) son verbos que se conjugan con menos frecuencia. Antes para el primer beso uno estaba dispuesto a esperar las semanas o meses que fuese menester; ahora los códigos son otros: si no la besas a la tercera salida, corres el perentorio riesgo de convertirte en su mejor amigo para toda la vida.
A pesar de tener aparentemente claro el panorama, a mí me cuesta mucho el abordaje. Es más, hace poco tomé una decisión: si no me presentan a nadie, o si no se produce una situación lo suficientemente espontánea como para entablar una charla, me quedaré mudo. Resolví eso a raíz de mi última intentona. Estaba en un bar miraflorino (Lima Perú) cuando detecté a una chica muy atractiva. Luego de escudriñarla, y acicateado por los madrugadores efectos de un vodka tonic, me acerqué. “Me dejas invitarte un trago”, le dije, gansamente.
Ella me miró, sonrió, dijo “no, gracias” y, acto seguido, tomó de la mano a la rubia que estaba a su lado y, cerrando los ojos, le aplicó un tierno beso en mitad de la boca. En ese mismo instante -estupefacto, avergonzado y y destruido en mi virilidad- apelé al pasito moonwalking de Michael Jackson y me deslicé entre la gente hasta desaparecer como un fantasma.
martes, abril 24, 2007
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