Es como cuando se te acaba un helado. Partió todo bien. Abres la boca, sacas la lengua y sientes ese gusto placentero. Sabes que es tuyo, que el cono está en tu mano y te queda mucho por disfrutar. Pero de a poco se va acabando la sorpresa, cada langüetazo es algo menos nuevo, aunque todavía dulce y satisfactorio.
Y ahí empieza a quedar la cagada. Porque se te mancha la boca y una gota se escurre por el cono hacia tu brazo. Tu mano queda sucia y pegoteada, el cono está blando y el helado ya no se ve lindo como cuando lo empezaste. No piensas en lo rico que está, sino en cómo haces para no mancharte. Y que el sabor ya te está hostigando.
Cuando se termina una relación pasa algo parecido. Un helado convertido en manchas pegotes que no salen con nada. Recordamos cuando el helado era lo más dulce del mundo. Y pensamos en que nunca más queremos volver a pasar por esto.
Porque terminar apesta.
sábado, mayo 12, 2007
Suscribirse a:
Comentarios de la entrada (Atom)

0 comentarios:
Publicar un comentario